Intentar poner orden en el debate dislocado de la IA es misión imposible. La declaración de Jacob Coxon de la semana pasada ha desatado muchas cosas. Tenemos a OpenAI y Anthropic pidiendo regularse y que les regulen. Hemos visto a Elon Musk mostrarse de acuerdo con ellos en poner control y, ya que no lo hay, que cada uno examine la IA del otro –no coló que le dejaran examinar material ajeno, pero lo intentó–. Donald Trump ya les ha dejado claro a todos ellos que no va a frenar nada. El volumen de inversiones previsto alrededor de la inteligencia artificial es tan grande, de cientos de miles de millones de dólares en su franja más moderada, que frenarlo equivaldría a atacar directamente a la economía de Estados Unidos. La crisis de las hipotecas subprime en el 2008 nos reveló que un resfriado al otro lado del Atlántico puede ser una neumonía cuando llega a esta orilla.

La pregunta en la calle es: ¿pero de verdad la IA puede matarnos? Nadie lo sabe. Se pueden imaginar numerosos escenarios. El más preocupante sería que una IA o un enjambre de agentes de IA, como ocurrió con el incidente de Hugging Face, atacaran de forma coordinada infraestructuras clave. Imaginemos en que se atacan servidores clave de internet. Desde su creación, la red ha crecido de una forma redundante. Si falla un servidor en una ruta, el circuito sigue por otro lado. Parece imposible apagar la web, pero ¿podría conseguirlo un ataque de IA? Más vale que no. Hemos depositado en ella todas nuestras infraestructuras clave, aquellas de las que depende nuestra civilización. Si dejara de existir, volveríamos a una dramática Edad de Piedra.

Después de esta dosis de catastrofismo, se le puede dar la vuelta a algunos de los argumentos de los apocalípticos y recuperar la calma. Hay algunas señales que apuntan que lo que ha pasado estos días podría estar motivado por intereses comerciales y nada más. Recordemos que OpenAI y Anthropic han estado explorando sus salidas a bolsa. El momento no lo aconseja. Hace falta cierta euforia monetaria y conseguirla depende de ofrecer sensaciones de seguridad a la opinión pública. Pero ¿por qué nos piden cierta pausa Sam Altman y Dario Amodei? Quizás porque esa pausa que piden no es sólo para ellos. Frenar a la competencia, en especial la de China, es una de sus grandes obsesiones.

Mientras las grandes compañías de IA estadounidenses invierten dinero y recursos en entrenar a sus modelos de inteligencia artificial más avanzados, se extrañan de que algunas de las empresas chinas, como DeepSeek o Moonshot, consigan en muy poco tiempo acercarse a sus logros sin tener tanta infraestructura a su alcance. La sospecha, formulada en voz alta, es que las orientales utilizan el llamado método de destilación, por el que un modelo nuevo copia a uno ya entrenado a base de formularle un número elevado de preguntas, de forma que finalmente se acerca a sus prestaciones.

La consecuencia de esas copias –si es que se producen–, es que las compañías de China pueden ofrecer sus modelos de inteligencia artificial a clientes de todo el mundo a un precio bajísimo respecto a sus competidores de Estados Unidos. El argumento de que los modelos chinos están lastrados por censura estatal puede no perjudicarles tanto como se analiza desde el periodismo occidental. De hecho, los filtros de esas IAs podrían tapar ciertos contenidos, como los relativos a los sucesos de Tiannanmen, sólo de forma territorial. Además, para la gran mayoría de las empresas, las cuestiones políticas están fuera de su cadena de producción.

La realidad es que nos encontramos en un escenario de ruido, con versiones para todo y muy pocas certezas. Ayer mismo se relacionaba a una empresa israelí con las pruebas de seguridad que, al fallar porque no se controlaron adecuadamente las condiciones de los tests, se convirtieron en los incidentes graves que sufrieron OpenAI y Anthropic hace unas semanas. Estamos aprendiendo a marchas forzadas términos como automejora recursiva, que significa que una inteligencia artificial puede mejorar por sí misma sus propias capacidades y usar las mejoras para seguir mejorando, no sólo a sí misma, sino también el proceso por que se va perfeccionando.

Entre convencidos de que la IA puede matarnos y quienes niegan esa posibilidad no queda mucho espacio para una tercera vía. O quizás sí. ¿Y si la inteligencia artificial acaba por suicidarse irremediablemente? No es broma. Un estudio de profesores de las universidades de Oxford, Cambridge, Edimburgo, Toronto y el Imperial College hace poco más de dos años afirma que, cuando la IA acaba por entrenarse con datos generados por otras IAs, como en una metáfora de la degradación genética entre miembros de una misma familia, acaban por colapsar. Por si acaso, no lo fiemos todo a eso.- Francisco Bracero Osuna